Descripción

Las huellas de un idioma diáfano y nocturno atraviesan el jardín y se pierden en un paisaje de otoño, en una playa desierta o tras la sombra de un ginkgo, que deja caer sus hojas sobre un patio turbado de recuerdos. Aparece entonces el hombre que inventa la soledad, y tras el parte la voz que se deshace en mil geografías y un fantasma.
Y en ese intersticio entre el fin y el principio, en esa duermevela, la voz resurge como una epifanía. Pequeños alumbramientos atravesados por un Cupido salvaje y contradictorio, que al imponer sus leyes siembra paradojas y se enseñorea de las almas que no reconocen edades ni ataduras.
Oleo sereno y secreto, Epifanías profanas vuelve a desplegar sus geografías nocturnas al modo de una confidencia, de un dialogo interrumpido por el alba entre una mujer y sus sombras, sus duelos, su sensualidad, su esperanza, su finitud.

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